¿Qué impacto real tienen los odiadores en redes sociales?

Por Miguel Jaramillo Luján, Magister en Gobierno, estratega y consultor político

En medio de la peor pandemia global que nos ha tocado vivir y el duelo por la muerte de un Ministro de Estado fue llamativo leer a algunas personas haciendo mofa del tema e incluso otros con suma crueldad, celebrando el deceso de esta persona; algo inquietante bajo la pregunta ¿Ni siquiera una tragedia o la muerte logra unirnos? 

Un reciente estudio encabezado por el psicólogo clínico Felipe Cabra destaca que la agresividad en todo el mundo digital es la expresión de muchos sentimientos que afloran bajo la permisividad del anonimato y una búsqueda- dice el estudio- de mayor popularidad.

¿Popularidad a costa de la reputación, el buen nombre o la generación de resistencia? Pareciera que a muchos eso no les preocupa, sino salir del anonimato o quizá en un tiempo como el actual, cuando los estudios de opinión reflejan profundo escepticismo en relación con todo lo que considerábamos intocable, todo les vale huevo y al valerles eso se hacen visibles y reflejan un malestar colectivo que los llena de popularidad digital cuya sostenibilidad desconocemos. 

390 millones de cuentas de Facebook son falsas. 1 de cada 5 no es real, pertenece a un troll (cuenta problemática y generalmente agresiva) o fake ( cuenta falsa) pero no al usuario que la maneja bajo una autoridad personal detrás de un ser humano; y  si a eso le sumamos que el 35% de las cuentas de esta red y otras como Instagram o YouTube nunca más se vuelven a usar por cualquier motivo.  Estamos ante un escenario falaz cubierto por el anonimato, que resulta de enorme peligro por los múltiples casos que conocemos de personas que se han suicidado o tenido que desaparecer física y virtualmente. 

Es claro que el anonimato, sumado a una cierta sensación de impunidad son factores que hacen trasformar a muchos en personas violentas, bajo la presión del estrés, la baja autoestima y las tensiones del día a día y más cuando el 81% de los mensajes en redes, según Hootsuite, se envían bajo el fragor de la vida cotidiana desde un celular. 

El odio es un sentimiento difícil de definir o categorizar – afirman los psicólogos- hoy abundan en el ecosistema digital los llamados haters, perfiles que no les importa un duelo, una pandemia o una situación extrema, pues viven del aplauso del propio nicho endógeno de perros rabiosos que han sabido tejer en sus redes sociales, donde nadie les lleva la contraria. 

Nada más falaz y más fugaz que un post con miles de likes o una tendencia en redes en comparación con una verdadera opinión pública. Los nichos de las redes sociales como twitter no llegan ni al 4% de los usuarios en promedio en cada país de América Latina. 

Por eso creo que el fenómeno de los odiadores profesionales no cubre a la totalidad de la opinión y más bien mete en un lodazal a quienes se creen líderes de una opinión que no abarca más que algunos ciudadanos de clase media y alta de 2 ó 3 ciudades de nuestros países. 

Hablamos de un veneno y un odio incompresible y doloroso pero con reducido impacto, aunque es real que le conviene al ego de ciertos sectores para lograr esa popularidad que se parece al vestido del rey, monarca que casi nadie conoce por nada valioso, quien suele vestirse con el traje que le vende su manada de seguidores con hilos invisibles y una clara desnudez en el mundo real.    

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